miércoles, 5 de febrero de 2014

Recuerdos de poesía

28 de Octubre de 2.013 - 21:40 hs.

    Hace al menos unos largos seis años, fue una noche de tormenta que emprendí mi camino.
El árbol de la vida aún se deshoja.
    Y esa noche los rayos brillaban fuertes, el pino del frente de la casa de mi madre se agitaba; las gotas caían gruesas sin parar, mientras yo fumaba y escribía. Entonces mi soledad, mi amor propio y mi pena de amor se mezclaban en esa extraña espiral que marca mis días y especialmente mis momentos de introversión.
    ¡Qué bello poder escribir! ¡Qué belleza de recordar! ¡Gracias, Mirta, allí donde estés, regalando tus sonrisas y tus relatos con tensiones entre dientes, la luz de tu corazón de níspero dorado, tus destellos violetas y ese gran ímpetu de vida!
    Me tengo que agradecer a mí mismo también. Y a mi soledad. Tengo que felicitarme de haber abrazado a mi soledad y ser feliz con ella. Realmente soy afortunado de lo poco que tengo, de haber gestado una visión privilegiada, de escribir y poder compartirla.
    No puedo tener mayor satisfacción que la de ser quien yo quiero, de haberme hecho así, de disfrutar todo lo pequeño y lo banal. De haber aprendido joven, de haber heredado un gran legado de conocimiento. Me llena poder ser agresivo y fútil de a momentos, de poder enfrentar la violencia de los que se me oponen, de no temer lastimar a quien se cruce en mi camino y además poder ser cariñoso con los míos; abrazar a mis amigos, tener buenas actitudes y encontrar mis bolsillos vacíos de tanto compartir.
    Siento gran felicidad cuando recuerdo las mujeres que me acompañaron algunas noches y noches en las que me abrazo solo, sabiendo que tal vez es su recuerdo que me abraza; que no fueron historias que pasaron sino que apenas son comienzos. Volveré a abrazar su recuerdo y las encontraré en algún futuro y lamentaremos el pasado y disfrutaremos ese presente futuro; y nadie se interpondrá. Los errores no importarán y encontraremos la felicidad de compartir, con esa familiar complicidad que ya tuvimos.
    Me da buenas energías tener una gran familia, conocer personas que viven en otros lugares del mundo. Saber que no soy nadie pero muchos me recuerdan, que dejé una marca en donde estuve y que todavía tengo muchos años por delante. ¿A dónde me llevará el mañana? ¿Qué pasará?

Adiós, Rabbit

23 de Noviembre de 2.013 - 22:19 hs.

    Ayer por la tarde llegué de correr. Tenía una hora hasta que me tocara turno de kinesiología. Saqué las pesas al patio, abrí la canilla de al lado del Rabbit; entonces lo miré
    -Hola, Rabbit. ¿Cómo estás? Te tienen cagado de hambre, ¿No? Yo te voy a traer algo de comer, que acá el único que se preocupa soy yo. Mirá te tiraron unos cabos de remolacha, te voy a traer alimento.

    Llevé la punta de la manguera hasta el cantero de delante del quincho: Usando la punta del dedo a modo de aspersor, regué un poco de agua sobre las plantas de menta y la de ajíes. Luego la dejé apoyada sobre la piedra volcánica que está entre la santa rita y el rosal rococó, para que se moje abundantemente la tierra de alrededor de las dos plantas.

    Entré al quincho y cuando busqué con la mirada bajo la mesada, donde habitualmente se encuentra el balde amarillo con el alimento balanceado, no lo vi. Entonces, reprimiendo una queja, levanté la mirada y lo vi sobre la mesada hacia la derecha, cerca del fogón; estaba destapado. Me acerqué, y al tomarlo, lo noté liviano; miré en su interior y encontré que apenas quedaba una palada de comida. Caminé hasta estar junto a la jaula, con el balde en la mano; tomé la pala y junté media palada, la eché dentro de la lata que está atada a la puerta de la jaula. Rabbit no se agitó ni se apresuró a subir para atacar la comida y me resultó extaño que se mostrara inapetente; tuve que inclinar el balde sobre la pala (que es muy finita), lo cual me requirió cierta especial pericia, para volcar la última cantidad de alimento sobre ella sin derrochar. Eché la última cantidad apurado, mientras Rabbit subía despacio a comer, sin ningún apuro. Luego seguí con mi día.

    Por la tarde llegué con Benjamín y jugamos un buen rato. Para cuando cayó el sol, llegó mi padre en la camioneta de su amigo con su equipo de windsurf. Benjamín estaba en el living mirando dibujitos animados y yo en el quincho lavando mis herramientas de coctelería. Luego de algunos instantes, busqué a Benjamín para que fuese a saludarlo. Cuando salimos, vi todo el pasto de mis vecinos de enfrente brillar con luces intermitentes de luciérnagas; le dije a Benjamín que prestase atención a lo que estaba viendo y lo invité a acompañarme para atrapar algunas; atrapé unas cuatro; una se escapó al instante volando, otras dos se fueron volando de a una, mientras que la última que extendía sus alas y no despegaba, traté de que Benjamín la tomase, pero le daba miedo (a pesar de que le repitiese incontables veces que no picaba); al final la dejé en el piso y se acercó a observarla, hasta que la escupió y lo reté.

    Esta mañana, mientras dormitaba, escuché que Benjamín le decía a mi madre que el conejo tenía encima luciérnagas (y me extraño que no dijera bichos de luz); su manera de pronunciar me causo gracia y me reí un poco. Luego de unos minutos, vino hasta mi cama a llamarme:

    -Mati, Mati, el conejo tiene lubfsiefbnahag'as encima...- y lo dijo con un tono especialmente intrigante.

Pensé en ir con él a saludarlo, pero reí un poco y le dije que dejase de hacer el payaso, ante lo absurdo de la idea.

    Al caer la noche, mi padre entró mientras yo estaba sentado escribiendo en la mesa del comedor; le pidió a mi mamá que lo acompañase y no quiso. Entonces se dirigió a mí y le dije que no me molestase; hasta que dijo:

    -Vení, viste que hoy Benjamín estaba diciendo que el conejo tenía bichos de luz encima... Bueno, está muerto.

    Y así fui hasta la jaula... Lo encontré recostado sobre el rincón, echado como siempre que hace calor... Inerte... Inanimado... Sin vida.

Adiós y al destino

2.013
Vuela
ve, deja este lugar
abandóname y sigue
tu camino

Te quiero retener
aun no me lo permito
te lo admito
porque me dejás hablar

Te digo que sos bella
y digo tonteras sin sentido

Historias incompletas

Lunes, 26 de Noviembre de 2.012 - Mediodía

   Hoy tengo tanto por escribir... Recupero mi cursiva. Vuelven los problemas de siempre; la estética, la simetría, la línea.
    Ayer tuve tanto por escribir... Y no escribí, lo recuerdo.
     Podría pasar el día entero intentando representar mi sueño de anoche; podría hacerlo infructuosamente.
     ¡Qué decepción! ¡Qué desafío!


II

¡SE MURIÓ! ¡SE MURIÓ! NO VOY A TENER MÁS... Eran unos gritos desgarradores, los más cargados de dolor que yo jamás hubiese oído. Me desperté muy compungido.


III

    Estoy plenamente convencido de que debo enfocar mi trabajo sobre la caligrafía y la expresión pictórica.
     Se me acaba la tinta y me doy cuenta que la estética depende de mis herramientas y del dominio que desarrolle de las mismas. Las condiciones ambientales deben ser observadas con perspicacia; los recursos se agotan y deben ser responsablemente administrados. El arte es un lujo tanto como una necesidad.

La bitácora del loco (I)

Martes, 24 de Septiembre de 2.013 - 00:55 hs.

    "Si me internan, que me pongan camisa de fuerza y me tiren en un cuarto acolchado, así es más divertido". A la clínica seguro entro gritando eso.
    Está Doce Monos, esa es una buena película de locos. Pero la más grande película de locos está en mi cabeza. ¿Y los locos que andan sueltos? Están los abogados locos, los ingenieros locos, los indigentes locos; los locos que apresan a locos sufridos... Y están los que leen el "Elogio de la locura", como Leo; que encima de loco es gay.
    A veces me llaman loco, algunas veces me siento loco. Tengo guardado el cuadernillo de la locura. Algunos proponen locuras como el análisis de las letras. ¡Qué loco que ningún argentino haya ganado un Premio Nobel de Literatura! Alfred Nobel sí que era un tipo bien loco; un loco piromaníaco. Bien peligroso ese loco.
    Hay una definición muy popularmente extendida que deja entrever que la esencia de la locura está en la repetición. Yo me pregunto qué ocurre con la alienación; y con los maquinistas de los trenes. ¿Y el frío qué?
Entonces la repetición genera la técnica y la técnica conlleva a la confianza; la confianza aleja al temor, y en ausencia del temor surge la distracción que es la causa del error humano; o puede ser el desconocimiento; o puede ser la locura.
    A quien está deprimido, la locura lo cura. La locura se parece más a la hipomanía; es como una fuerza incontrolable que a uno le recorre la fibra sensible como una chispa por un cable o la combustión por una mecha.
    La locura se parece a una falla de la comunicación, lo que es lo mismo que comunicarse con mucha gente o hacerlo en varios idiomas.
    Hay locos que no contestan cuando les hablan y hay los locos que contestan fuera de tiempo o dicen frases sin sentido; también están los locos que repiten lo mismo, una y otra vez, o los que fingen no escuchar; hay locos violentos agresivos, hay locos manipuladores; hay ciertos locos olvidadizos...
    Yo soporto toda clase de locos. Algunos me hacen callar, otros me gritan; algunos cambian drásticamente de ánimo; otros me roban o me menosprecian o me defraudan o me amenazan o me lastiman. Soporto locos que no comprenden la diferencia de género; locos patriarcales, locas matriarcales. Soporto locas feministas que me llaman machista.
    Hay locos drogadictos, locos prohibicionistas. En mi ciudad natal hay muchos locos. En Buenos Aires hay locos de todas las clases y está el Borda que es un hospital de locos.
    Siento dolor y es una falta al respeto que me merezco como persona cada vez que me llaman loco.